Seguramente siempre haya sido así, pero en un mundo actual dominado por los likes, los retweets, la mensajería rápida y la desinformación, parece que las quejas y críticas tienen mucha más cabida hoy en día que las alabanzas y elogios. Digo que seguramente siempre fuese así porque Mark Twain, allá por el siglo XIX, ya dijo aquello de «Una mentira puede dar la vuelta a medio mundo mientras que la verdad aún se está calzando”.

Por aquel entonces no había televisión, ni mucho menos redes sociales. Estas aplicaciones que parecen haberse convertido en un altavoz negativo en el que la mayoría silenciosa se dedica a leer, oír y ver desinformaciones viciadas con un aire de pesimismo y queja. 

No vengo aquí a criticar eso, cada uno es dueño de escribir, comentar u opinar lo que le plazca. Al igual que es decisión propia saber a quién leer o a quien descartar para no intoxicarse. 

Vengo aquí a contaros mi vivencia profesional en mi centro escolar de San Agustín del Guadalix, y con suerte, a transmitir un mensaje de optimismo en estos días difíciles. 

Ya se ha escrito mucho sobre la educación estas semanas. Las críticas recurrentes hacia la docencia no han cesado ante esta circunstancia especial “¿Ahora sin colegios no hacéis nada? ¿También este verano dos meses de vacaciones? ¿Seguís con el mismo sueldo? ”. Tampoco han faltado los que han defendido la profesionalidad del profesorado recordando que, ante las escasas instrucciones de las administraciones, los docentes se han tenido que reinventar, muchos actualizándose en tiempo récord a nivel tecnológico y dedicando incluso más horas que antes a revisar digitalmente cientos de tareas.

Nunca me han gustado las generalizaciones y mucho menos de un colectivo tan amplio. Cada cual es responsable de su trabajo. Yo solo puedo hablar de mi experiencia, en este caso de mi colegio, y de lo orgulloso que me siento de mis compañeros y su dedicación.

Pero el propósito del texto no es sobre nosotros sino sobre las familias: los alumnos y, muy especialmente, sobre los padres y madres que están demostrando una dedicación y colaboración excepcional. Soy consciente de que en todos los centros no será igual, pero como empezaba diciendo en este texto, si dejamos que solo se oigan a los que se quejan entonces creeremos que esa es la única realidad. Y no. No perdamos la sana costumbre de valorar, aplaudir y reconocer cuando las cosas se hacen bien. 

En mi caso, por ejemplo, muchos de mis alumnos de entre 7 y 9 años son incapaces de desenvolverse con una tarea, es decir, buscarla, entenderla, llevarla a cabo y enviarla. Es por ello que los padres y madres se han convertido inesperadamente en segundos profesores, armándose de paciencia en las explicaciones o actualizándose digitalmente. En ocasiones contando con pocos recursos, ya sean recursos personales para hacer frente a actividades de bilingüismo o recursos materiales por falta de dispositivos tecnológicos donde conectarse para seguir las clases virtuales. 

En todo ello la colaboración familia – escuela ha sido excelente para poder sobrellevar estas dificultades. ¿Y qué decir de familias numerosas atendiendo las tareas de varios hijos? Mención aparte son también los hogares que han vivido situaciones dramáticas de salud por algún familiar o amigo y que igualmente han querido seguir conectados a la dinámica escolar. Todo ello compaginándolo con su trabajo y otras obligaciones. Chapó por todos y cada uno de ellos, cada cual en su circunstancia.

Siempre se ha dicho que una de las peores cosas de la docencia es la imparcialidad de cada padre y madre que mira solo por su hijo/a. Y, aunque se diga menos, también el aprecio de unos padres valorándote tu trabajo es una de las más gratificantes. Me consta que la inmensa mayoría de nuestras familias también agradecen y valoran este esfuerzo del profesorado. Digámoslo más y más fuerte para que se oiga. Y ojalá que una de las mayores enseñanzas que nos llevemos, cuando toda esta situación sanitaria acabe, sea el reconocimiento y aprecio mutuo entre familias y docentes por todo lo llevado a cabo estas semanas. La empatía de valorarse el trabajo bien hecho. 

Opino que, haber comprobado de primera mano de lo que somos capaces en la escuela y en los hogares, nos ayudará a crecer y mejorar en la educación, y por ende, en la sociedad. 

No me olvido de los alumnos, puesto que ellos son el futuro y por eso confío en que dentro de unos años sigan recordando y valorando la valiosa lección que les han dado sus padres y madres en estas circunstancias difíciles. 

Me ha quedado un poco largo pero necesitaba contároslo. 

Mario Martín Moreno

Un maestro agradecido